Crónica de una uruguaya que votó en el referéndum del 1º de octubre

No me aguanté a llegar a casa. Conecté los datos en el bus (que fuerte, ya dejé de decirle bondi) y empecé a entrar uno a uno a los diarios. Todos mostraban lo que yo ya sabía, qué era lo que se votaba, la posición de Madrid, las declaraciones del ministro del interior. Y entre datos se colaba alguna que otra foto inquietante.

Luego entré a los diarios uruguayos, preocupada porque mis coterráneos fueran informados de lo que estaba sucediendo en mi nuevo país. La cobertura no me satisfizo. Tuve que bajar bastante en el inicio para encontrar una noticia sobre lo que estaba sucediendo en Cataluña; nuevo hogar de tanto uruguayos, viejo hogar de tantas familias que emigraron a nuestro paisito. Bajé un poco mi nivel de indignación al recordar el cambio de hora, y comprobé más tarde que conforme avanzó el día en Uruguay la información pasó a ser más detallada.

Pero mi curiosidad no estaba saciada. Necesitaba ver qué estaba pasando fuera de ese bus casi vacío donde el único que parecía darse por aludido era el chofer que estaba escuchando la transmisión en directo. Pero la radio estaba en catalán y me había quedado bastante lejos así que solo me llegaban palabras aisladas que no hacían más que aumentar mi nerviosismo.

Entré a twitter, a ver los relatos en primera persona, el minuto a minuto. No pude contener las lágrimas. Me sentí bastante rara al ser una uruguaya llorando por lo que estaba pasando en Cataluña, después recordé que la violencia no tiene banderas. Que el día que la represión y el abuso no nos movilice, ahí es cuando debemos empezar a cuestionar nuestro sentir.

Las imágenes eran contundentes. Los policías implacables arremetían contra civiles que se manifestaban pacíficamente intentando defender sus derechos ciudadanos. Parecían más propias del continente que había dejado que al que había llegado.

Golpes, pelotas de goma, gas lacrimógeno. Policías tirando a la gente escaleras abajo, forcejeando por llevarse las urnas, entrando a la fuerza en los colegios, arrastrando personas. Personas que solo querían VOTAR.

El autobús se detuvo en Plaza España, punto neurálgico de la ciudad de Barcelona. Allí están enfrentados un punto de votación y una comisaría, y para mi asombro, la calma. En la puerta del colegio Francesc Macia había un montón de gente, todos expectantes “esperando a que lleguen”, mirando hacia todos lados, inquietos. En la esquina dos mossos, fuerza de policía catalana, charlaban despreocupadamente.

Entré con paso ligero, en el patio había un montón de jóvenes agrupados, incluso unos jugando al basquet. Seguí a un par que llegaron antes que yo porque no parecía haber ningún tipo de señalización.

Sobre una esquina había un cuarto con alrededor de 30 personas haciendo fila para votar. ¿Vienes a votar? Me preguntó una señora mayor en catalán, el único idioma que parecía utilizarse desde que entré al colegio. Sí – le digo – pero no traje el sobre. “No te preocupes, la mesa está allí detrás”.

Al lado de la fila había una mesita, a la vista de todos, con un montoncito de papeletas, sobres y lapiceras. La papeleta decía “¿Quiere que Cataluña sea un estado independiente en forma de república?” y por debajo dos casillas: si o no. Me dio mucha gracia ver que esta vez los catalanes habían tenido la delicadeza de traducir la pregunta al castellano. Ellos que son tan partidarios de señalizar todo solo en su idioma.

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Incómoda, miré hacia mis costados antes de marcar mi voto. Cuando lo introduje en el sobre me di cuenta que este se transparentaba dejando en evidencia mi cruz. Y entendí que no importaba, que esto no era un enfrentamiento entre el Sí y el No. Esto era una lucha por hacer respetar los derechos, lo importante era el acto de votar y no qué votar.

Los de la mesa y los voluntarios que estaban organizando estaban apurados, como intentando que la mayoría de personas pudieran efectuar su voto antes de la inminente llegada de la policía nacional. Merci, següent, merci, següent (Gracias, siguiente) se escuchaba cada pocos segundos. Habré esperado en fila cinco minutos. Cuando llegó mi turno entregué mi DNI, un muchacho se lo dictó a una joven que lo anotó en una lista a mano. Sobre la mesa no había una computadora, ni una base de datos, nada. Solo una lista de nombres y documentos que redactaba una chica a toda velocidad. Levantaron la abertura de la urna para que pudiera introducir mi nombre y me temblaba la mano. El catalán que sostenía mi DNI, donde dice que nací en Uruguay, me miró a los ojos (por lo que se sintió como una eternidad) y me dijo: “Gracias”.

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El referéndum del 1º de octubre fue un acto simbólico. Con la clausura de muchos colegios por parte de Policía Nacional el Govern (Gobierno de Cataluña) permitió que cualquiera pudiera votar en cualquier lugar. En twitter hay un montón de pruebas de personas que pudieron votar varias veces. La falta de un cuarto secreto es solo una de las evidencias de falta de garantías de dicha votación. No se trató de llegar a resultados exactos que reflejaran fehacientemente la opinión de los votantes. Se trató de demostrar que hay un montón de votantes, en una España donde gran mayoría se abstiene de ejercer este derecho, que quieren hacerse oír. Que quieren hacer valer su opinión y su derecho de decidir sobre el devenir de su nación, su hogar, su futuro.

Ya se había declarado inconstitucional, ya se sabía que Madrid no iba a reconocer los resultados. Que innecesario recurrir a la violencia. Votarem porque en eso se basa la democracia.

Valentina Carbajal – Barcelona, Cataluña – 2 de octubre de 2017

Subí toda la experiencia a stories @v_forvalentine

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