Chanel by the Sea – presenciarlo

Escucho los disparos de las cámaras como una ráfaga. El objetivo era Eva Chen, directora de moda de Instagram. “Eva, Eva I loved your book!” No supe darme cuenta si era una felicitación sincera o una burla a los fans. Eva tal vez también dudó y por si acaso respondió con un gracias y continuó caminando junto a su interlocutora. Se trataba ni más ni menos que de Leandra Medine, más conocida como Man Repeller. Caminaban junto a mi, o mejor dicho, yo junto a ellas.

 Entramos por las puertas del mítico Grand Palais, donde año tras año Chanel presenta su nueva temporada. Había seguido otras entregas online: un cohete, un supermercado, una marcha feminista. A cada cual más descabellada. Pero nada me podría haber preparado para presenciar una playa en el medio de París.  

Karl Lagerfeld nos transportó a un entorno veraniego con salvavidas incluidos inspirado por los veranos de su infancia. Los asientos de los invitados eran bancos de madera, en el piso había arena. En el extremo derecho se apiñaban una horda de fotógrafos que simulaban una gran nube negra. Zumbaba como un enjambre. Nunca había visto semejante cantidad de cámaras juntas.

Frente a todos nosotros había, increíblemente, una playa. Las olas describían distintos patrones en la arena como si se tratara de una playa real. Una plancha de madera ilustrada, que me hizo acordar al final de The Truman Show, simulaba el horizonte y el cielo azul enmarcado por dunas. A los extremos unas cabañas, más propias de las playas de Bali que de las alemanas donde Karl solía pasar sus vacaciones.

El ambiente era de ebullición contenida. Los invitados se revolvían inquietos en sus asientos mientras estiraban sus cuellos a uno y otro lado intentando divisar algún famoso. Bolsos, zapatos, collares. Todo a mi alrededor ostentaba el logo de la marca francesa. Las modelos todavía no habían salido, pero para mí el espectáculo había comenzado hace rato.

Ya estábamos todos sentados cuando, lánguida y éterea, aparece Inés de la Fressange caminando tranquilamente hacia su asiento. “Ines you’re late” decía el ig story de la señora que se sentaba a mi lado.

La música comenzó tenue. Era una pieza exquisitamente francesa, una melodía discreta y alegre. Como quien mira a lo lejos en un día de calor, apareció la silueta de la primer modelo. Su imagen caminando por la playa descalza mientras esquivaba las olas era digna de una pintura. Se me eriza la piel de solo recordarlo.

El primer outfit marcó el tono de la tarde: llevaba dos bolsos, uno a cada extremo de la cadera. Estos eran iguales, negros con el clásico capitaneado de Chanel. Era como un 2.55 pero más cuadrado en vez de rectangular. Y en seguida supe que estaba presenciando la llegada de un nuevo clásico. Lo acompañaba con un traje chaqueta blanco. La falda tenía un tajo y el blazer cuello mao. Una mirada moderna del conjunto que llevó al estrellato a Coco. Además un cinturón (que vuelven de manera triunfal esta temporada) y varios collares de perlas, muy propio de la firma. El mejor de los accesorios: unos pendientes de strass que de un lado decían “CHA” y del otro “NEL”. La melena suelta y con onda desenfadadas y el labial intenso coral eran lo único que denotaban onda playera.

Conforme aparecieron la segunda y la tercera modelo hubo un cambio en la música. El beat se volvió más rápido, una mezcla de hit veraniego con la banda sonora de Amélie.

Las modelos sostenían los zapatos en la mano mientras simulaban pasear por la playa con sus sombreros de paja. Algunos de ellos de ala redonda y otros tipo beisbolero pero con la particularidad de que llevaban una visera hacia adelante y otra adicional hacia atrás.

Un cambio en la energía del salón. Los disparos de los móviles se vuelven más frenéticos y los invitados se mueven intentando conseguir la mejor toma. Kaia Gerber entra en escena. Todos quieren retratar a la modelo del momento. Su pasaje por la pasarela y su reciente portada en Vogue París demuestra que lo que se hereda no se roba.

El look fue de mis favoritos y, efectivamente, de los que más repercusión tuvieron en medios y redes. La hija de Cindy Crawford llevaba los mismos pendientes que la primer modelo pero esta vez destacaban gracias a la melena castaña de Kaia que llevaba en un medio recogido. Una camisa cuadrada blanca que repetía la lógica del CHA-NEL en los bolsillos del pecho, un cinturón de metal con el nombre de la firma y unos pantalones sastre negros conformaban el resto del look. Muestra de equilibrio entre modernidad y elegancia.

Los outfits de tweed que desentonaban un poco con el entorno se sucedían en tonos beige, blanco, amarillo y rosa. Chaquetas cortas y de silueta cuadrada, las cascadas de collares. Vinilo en bolsos y zapatos.

Cuando quise acordar había terminado. Parece mentira el despliegue que hacen por 15 o 20 minutos de desfile. Las modelos se desperdigaron por la playa, tomadas de la mano, sonriendo, chapoteando en las olas. Los aplausos fueron pocos porque todos estaban ocupados registrando el momento con sus celulares. Cuando Karl apareció desde dentro de la cabaña se produjo una verdadera ovación.

Algunos pensarán que aquí termina el relato. Error.

Se hizo una fila de influencers, it girls e invitadas varias para tomarse una foto frente, a la ahora icónica, cabaña. Yo, por supuesto no podía ser menos y me fui con la mía. Por todas partes se veían chicas asiáticas rodeadas de su propio equipo de fotógrafos y camarógrafos. También vi varias personas armando bodegones (fotos de objetos) con sus invitaciones sobre la arena entre las hordas de pies de quienes estaban explotando al 100% el lobbying.

Perdí el rastro del tiempo y media hora después seguía allí parada, mirando hacia todos lados, intentando captar cada imagen en mi retina. El recinto seguía estando lleno. Los invitados habían invadido la playa con cuidado de no mojarse los zapatos. Aquellas que ya habían cumplido con la foto de rigor se sacudían la arena de sus Chanel y enfilaban hacia la salida.

Me demoré en la puerta como intentando estirar el momento. Después de un rato, como en una nube, salí yo también. Pero ni el helado frío parisino me sacó de la ensoñación de haber presenciado Chanel by the Sea.

 

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